Recuento de la romería en recuerdo de Ramón que ocurrió recientemente en Madrid

¡Ramonistas! ¡Ramonianos! ¡Ramonósofos! ¡Ramonóforos! ¡Ramonorros! ¡Ramonorras! ¡Ramonurcias! ¡Ramonículos! ¡Ramonófilos! ¡Ramonicidas! ¡Ramonoscópicos! ¡Ramoneadores! ¡Ramonescentes! ¡Ramonánticos!

Seáis todos bienvenidos.

Las erres retumban risueñas por la rue Roland de Madrid y se enredan en los barrotes de las terrazas. El morro de Ferrer las ruge sobre veintitrés romeros de ropaje negro, lumbre fúnebre y retrato ramoniano, reunidos frente al rótulo que recuerda el arranque de la erre patriarca:

La de Ramón.

Hoy, 12 de enero, hace sesenta y un años, a miles de kilómetros de aquí, en la plateada Argentina, moría nuestro bienamado Ramón Gómez de la Serna. Y sus ojos se abrían, luminosos y fluorescentes, a una muerte, no sé si inmortal o inmortalicia pero sí inmortalizante, una muerte luminosa, deslumbrante, alba, clarividente, horrorvacuizante. Sus ojos se abrían como una página, como cientos de páginas, como miles, millones de páginas, en cascada, como un cataratesco tsunami de palabras, palabras que recordaremos hoy, camino de tu monumento vivo, sabiendo que tu espíritu nos persigue, camino de una invocación que busca tu aliento.

Un aplauso. Gracias.

Un estruendo irrumpe de las garras de la congregación, y dan principio al recorrido. Las erres y los hurras persiguen a los ramonistas, que reciben el escrutinio perplejo de los transeúntes por su traza extraña. No tardan en resonar sobre el rey Ordoño I, alrededor del que ya se reúne el grupo, frente al Teatro Real.

Revolotean más palabras de Ramón:

Tenemos que pensar en la compensación imparcial de la muerte. La idea nueva del espacio unida al tiempo tiene que agradar a nuestra idea de la muerte, porque si bien al morir se borrará en nosotros la idea de espacio y tiempo, continuaremos en el espacio y, por tanto, en el tiempo. Quedaremos en la idea de la distancia y de la luz, en una idea máxima del presente, la única idea consoladora, la idea de trayectoria hecha de los elementos saciadores de la inquietud, espacio y tiempo, esencialmente unidos, como don satisfaciente del no ser. (“Los muertos, las muertas y otras fantasmagorías”, 1935)

Los ramonianos retoman la marcha y las erres sobrevuelan a los turrristen y comprooros propios del centro de Madrid, rumbo al rostro de Larra. Frente a su cráneo de bronce recogen las palabras del escritor:

Nuestra misión es bien peligrosa: los que pretenden marchar adelante, y la echan de ilustrados, nos llamarán acaso del ‘orden del apagador’, a que nos gloriamos de no pertenecer, y los contrarios no estarán tampoco muy satisfechos de nosotros. Éstos son los inconvenientes que tiene que arrostrar quien piensa marchar igualmente distante de los dos extremos: allí está la razón; allí la verdad; pero allí el peligro. (“El casarse pronto y mal”, 1832).

Tras la rotunda proclama del romántico madrileño, los ramonósofos cruzan —y las erres sobrevuelan— el puentorro del Kronen rumbo al jardín que alberga el intrincado bronce en recuerdo de Ramón. Una alberca lo rodea y los ramonceros fruncen su expresión: ¿frustrará su propósito de trompiconear sus formas con lumbres eléctricas? ¡Norrrrl! La ramonorra A. Hierro y el ultrarracional A. García la atraviesan con destreza, gracias a tres pedruscos rectangulares que encuentran.

Tras lograrlo, Hierro recita:

Ramón
está escondido,
vive en su gruta
como un oso de azúcar.
Sale sólo de noche
y trepa por las ramas
de la ciudad, recoge
castañas tricolores,
piñones erizados,
clavos de olor, peinetas de tormenta,
azafranados abanicos muertos,
ojos perdidos en las bocacalles,
y vuelve con su saco
hasta su madriguera trasandina
alfombrada con largas cabelleras
y orejas celestiales.

Vuelve lleno de miedo
al golpe de la puerta,
al ímpetu
espacial de los aviones,
al frío que se cuela desde España,
a las enredaderas, a los hombres,
a las banderas, a la ingeniería.

Tiene miedo de todo.

Allí en su cueva
reunió los alimentos
migratorios
y se nutre de claridad sombría
y de naranjas.

De pronto
sale un fulgor, un rayo
de su faro
y el haz ultravioleta
que encerraba
su frente
nos ilumina el diámetro y la fiesta,
nos muestra el calendario
con Viernes más profundos,
con Jueves como el mar vociferante,
todo repleto, todo
maduro con sus orbes,
porque el revelador del universo
Ramón se llama y cuando
sopla en su flor de losa, en su trompeta,
acuden manantiales,
muestra el silencio sus categorías.
(Pablo Neruda, “Oda a Ramón Gómez de la Serna”, 1959)

Ornamentado el bronce y pronunciadas las palabras, las ramonurcias se retiran y se entregan al refrigerio. Las erres revolotean ya libres, sobrevuelan Madrid, el reino y la Tierra, ramonizando en un tris tras a las personas que encuentran: ya siempre tendrán presente a Ramón al pronunciar, escuchar o leer erres vibrantes. ¡Erre, erre, Ramón, Ramón!

Procesando…
¡Listo! Ya estás en la lista.

Leave a Comment

Envío gratis a partir de 25€!